jueves, 1 de junio de 2017

Niños que me habitan

Intenté que la fiesta fuera para ellos, pero terminó siendo para mí. Gocé de lo lindo.
Se me ocurrió recomendarles a los niños de mi barrio, justo a ellos, que aprovecharan la infancia. Lo hice temiendo que los padres me lincharan, pero debía advertirles. Yo extraño tanto mis subidas a la mata de guayaba.
Les propuse que si sabían escribir hicieran un diario, donde confesaran las vivencias cotidianas, porque al crecer tendemos a olvidar.
Recuerdo que dije: “Muchos pensadores comparan la niñez con un borracho, todos se acuerdan de lo que hiciste, menos tú”. Rieron con mi chiste, pero Bragdiel, de 8 años, me miró cariacontecido, levantó su mano para intervenir como si estuviera en el aula y soltó: “¿No será mejor decir embriagado?”.

Después seguí metiendo la pata, indicarían los papás y las mamás, no mi encumbrado auditorio. Les pregunté si deseaban crecer. Chanel, que le sobra glamour a la altura de su tercer grado, se adelantó al resto. “Sí, yo quiero, para por fin ser independiente y gobernarme”. Ahí apuré el jolgorio, comprendí que mi vida corría peligro.

Muchos otros capítulos tuvo esta historia: respuestas catedráticas cuando indagué por el significado de la frase que los asume como la esperanza del mundo; la confesión de la peor travesura que han hecho y desde entonces miro con lástima a los caguayos y rezo porque no caigan en las manos de mis vecinitos; y la hora de los chistes, las poesías y las canciones, un repertorio que envidiaría cualquier artista del espectáculo. 
Pero vayamos al final, porque fue lo mejor. Conté como diez veces las bocas presentes y ausentes, por alimentar con cake y refresco. Cuando ya había cuadrado la repartición, vino uno del que prefiero callar el nombre, no vaya a ser que lo dejen sin vacaciones por andar en estas: “¿Me puede dar un pedacito para mi abuela?, está enferma en casa”.
Caí rendida ante sus ojos, y por supuesto, fui yo la que se quedó sin probar el merengue.

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Natalia, de tres años, idolatra el perfume. Le tiene en las últimas el frasco de la abuela. Lo sublime es verle la cara cuando el aroma marea a todo el que pasa, incluido, el perro de la vecina, y es fácil descubrirla con solo acercarse a su cuello.
Pero Naty usa un último recurso para no ser llamada culpable, la palabra de ella contra la de toda la humanidad, o mejor, su nariz. “¿Niña, y ese olor qué será?” “¿Cuál abuelita? Yo no siento ninguno”.
Pero más maravilloso aún, es que con esa misma convicción se desprende del “dinerito” ahorrado en su bello monedero, cuando a papá se le escapa la frase: “Ño, no tengo ni un quilo”.
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Ian, solo lleva dos calendarios en el reino de este mundo y ya ostenta una enemiga: la gallina de mi casa, más bien, él es el enemigo de la integrante plumífera del hogar. Ella lo siente y se desordena, cacarea y pide que la encierren.   
El ave no entiende que para el pequeñín dar cariño es cargarla por donde la agarre, las alas o el pescuezo; tomarla de una pata y arrastrarla como carriola, revisar sus plumas, y después de tanto amor, pasar a lo común, un beso.

Iancito hiere su orgullo, pero él está lejos de querer humillarla. ¿Acaso también como a los adultos, habrá que explicarles a las gallinas más de una vez las intenciones de los niños? “¡Qué mundo es este!”, pensará él.
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Daniel y Giancarlos me dicen tía y yo me derrito. Angeline hizo hace poco lo que equivale a lo mismo en sus dos años de vida, vino sonriendo hasta mí con sus brazos abiertos desde lo último de la terraza. Y yo floté al estrecharla.
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¡Aliciaaaaa! ¡Aliiiiiiiicia! Escucho a cada rato. Y la imagino con su pelito alborotado trepando por cualquier lugar que le parezca apropiado para ir a las alturas.
Su mamá vuelve a llamarla, pero la nena está muy ocupada subiendo y bajando las escaleras del vecino, como si se tratara de una carrera de resistencia.
Alicia no sabe que existo, pero yo sí sé de ella, de cuando no quiere ir a bañarse, o cuando se hace la sorda, pues le tocó poner las reglas del juego, cómo perder esa oportunidad.
Debe estar en tercer o cuarto grados. Ella no cree que los humanos comemos zanahorias. “Eso es para los conejos”, aclara convencida.

Alicia no sabe que la observo a veces. Tengo envidia de su libertad.

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